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 Columna de opinión: Cuando el cuerpo se enciende, la escuela también abriga.

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     Cuando el cuerpo se enciende, la escuela también abriga.

 

Ovidio Arroyo Núñez, profesor de Educación Física, Magister en Ciencias de la Actividad Física y Salud, Fundador de @ovidioescribe – Proyecto «Pensar en Movimiento»

 

En invierno, las salas se cierran, los patios vacíos y los cuerpos se apagan. El frío no solo enfría los pies, también congela el juego, el vínculo y la curiosidad. Los abrigos pesan más, los recreos se acortan, y en muchas escuelas el movimiento desaparece casi por completo. Las niñas, niños y adolescentes, permanecen sentados más de seis horas al día, en espacios cerrados, con poca luz natural y escasa actividad física. Sin darnos cuenta, el cuerpo escolar se vuelve sedentario, y con él, el aprendizaje se vuelve rígido y menos significativo. Pero ¿Qué aprendemos cuando dejamos de movernos? ¿Y qué perdemos cuando se encierra al cuerpo en nombre del orden o del clima?

La Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 60 minutos diarios de actividad física en niños y adolescentes, incluso en invierno. No se trata solo de salud física, también impacta el estado de ánimo, la concentración y la disposición al aprendizaje.

En Chile, los datos del Mapa Nutricional de JUNAEB (2023) alertan sobre un 54% de malnutrición por exceso entre estudiantes de 5° básico a IV medio. A esto se suma que, según el Diagnóstico Integral de Aprendizajes (2024), la motivación escolar desciende notoriamente durante los meses fríos. La falta de movimiento es parte del problema.

Por eso, durante el invierno (antes de las vacaciones y también después), la escuela puede ser un espacio que abrigue de otro modo; activando el cuerpo, cultivando el juego, reanimando la energía vital. Una ronda en la sala, una canción que invite a estirarse, un recreo bailado o una pausa activa pueden parecer pequeños gestos, pero generan circulación emocional, vínculo y alegría. El cuerpo que se mueve, aprende mejor.

Esta mirada no es solo intuitiva. Está respaldada por compromisos globales como la Agenda 2030 de la ONU, que promueve una educación de calidad para todos, entendida como aquella que desarrolla integralmente las capacidades humanas, incluyendo el bienestar físico. En esa línea, la UNESCO ha declarado la Educación Física como un derecho fundamental, destacando su rol en la inclusión, el aprendizaje activo y la salud mental.

 

Es urgente, por tanto, que valoremos la actividad física no como “hora libre” o tiempo opcional, sino como una herramienta pedagógica imprescindible. Especialmente en invierno, cuando el cuerpo tiende al encierro y la escuela puede ayudar a contrarrestar esa inercia.

La Educación Física, bien pensada, también puede abrazar. Cuando es inclusiva, creativa y centrada en el desarrollo integral, fortalece no solo músculos, sino también la autoestima, el respeto, la expresión y el vínculo con los otros. Porque educar también es dar calor. Y una escuela que invita al movimiento, incluso cuando hace frío, se convierte en un lugar que abriga de verdad.

Profesor de Educación Física, Magíster en Ciencias de la Actividad Física y Salud. Escribo sobre juego, movimiento y comunidad en @ovidioescribe – Proyecto «Pensar en Movimiento».

 

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